Imagina…

Sonja Langford en Unsplash

Imagina…

…ralentizar el tiempo hasta escuchar cada una de las gotas de lluvia que golpean el cristal.

Plic

Plic

Plic

Imagina la lentitud de mi caricia, avanzando por tu piel.

Milímetro a milímetro.

Segundo a segundo.

Imagina un tiempo que pasa lento. Quieto, si no fuera por cada pelo que se eriza tras tu beso.

Imagina…

…ralentizar el tiempo para alargar cada hora,

minuto

y segundo.

Poder retenerlos en la memoria y parar así el reloj cuyo tic-tac

(traicionero)

recuerda que queda cada vez menos para separarnos.

Y no volver a vernos.

La ciencia es una excusa para contar historias: Ciencia en el exilio, con @Luis_Quevedo

Revista Modern Mechanix, Oct 1936

Una de las cosas por las que me encanta Twitter es la cantidad de gente interesante que conoces a través de esta red social. Un montón de gente haciendo cosas interesantes, al alcance de un mensaje de 140 caracteres. Una de estas personas es Luis Quevedo, al que cuesta describir en un solo tuit. Periodista, nerd de la ciencia y cómo contarla, director de documentales, podcaster… y alguna otra etiqueta que seguro que me dejo en el tintero.

Luis vino a Santander para cubrir unas jornadas sobre síndrome de Rett en la UIMP. Una ocasión perfecta para desvirtualizarnos y, de paso, grabar un podcast sobre ciencia y refugiados, al hilo de la exposición Ciencia de Acogida que organiza Principia en Madrid.

También aprovechamos para hablar de la figura de Emilio Herrera, una de las figuras de la exposición. Un científico e ingeniero español que ¡en 1935! diseñó la Escafandra Estratonáutica, el traje que veis en la foto. ¿Y para qué servía? Si queréis averiguarlo, tendréis que escuchar el podcast. Espero que disfrutéis tanto escuchándolo como yo lo hice hablando con Luis.

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La ciencia es una excusa para contar historias: las camisetas negras no son para el verano… ¿o sí?

Joshua Peacock

El verano llegó y por el camino hemos ido perdiendo capas de ropa. Y aún así seguimos pasando calor. ¿Qué podemos hacer? ¿Evitar la ropa oscura? Para saber qué dice la ciencia sobre ello, dale al play: estuve en el programa Escúchate de Aragón Radio hablando con Natalia Huerta y Javi Vázquez sobre por qué los tuaregs llevan ropa oscura cuando pega el sol. Jevis del mundo, estáis de enhorabuena 😛

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Arturo Duperier, el hombre con rayos cósmicos en los ojos

Ilustración para Ciencia de Acogida por Jorge González

En una fría mañana de 1953, un hombre esperaba pacientemente a que le trajeran su café en la terraza de una cafetería cercana al Imperial College de Londres. El hombre se llamaba Arturo Duperier Vallesa. Esta es su historia.

Te lo cuento en Ciencia de Acogida, una iniciativa de Principia Magazine.

#DeseoCientífico2017: Raras, pero no invisibles

Desde la Universidad de Burgos han organizado la campaña #DeseoCientífico2017 para pidamos lo que queremos en la ciencia del futuro.

En mi caso, me gustaría que aumentase la financiación en la investigación de las enfermedades raras. Hace poco salió a la luz el caso Nadia. No dejemos que esto se traduzca en menos inversión (ya escasa de por sí) en la investigación de estas enfermedades. Por que son enfermedades raras, pero no invisibles.

‘El método 15/33’, de Shannon Kirk

Hay libros cuya sinopsis te engancha. Y la de El método 15/33 me llamó mucho la atención. Resumida en un tuit, quedaría así:

Una chica de dieciséis años, embarazada, raptada y recluida durante días, planea solo dos cosas: escaparse de sus captores y vengarse.

El método 15/33
El método 15/33

 

¿Lo malo? Nunca hay que juzgar un libro por lo que hay escrito en las solapas.

¿Lo bueno? Que he aprendido la lección. Leed la reseña completa en El BuscaLibros.

La relojería

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí. Padre e hijo, inclinados sobre un tapete verde donde lucen desperdigados unos engranajes de latón que han dejado de marcar el tiempo.

Relojería
Fuente: Couleur

Absortos en su trabajo, solamente levantan la vista cuando suenan las campanillas que señalan la llegada de un cliente. El ritual es siempre el mismo: dos primeros segundos de estupor, en los que las dos cabezas —una calva, la otra en proceso— se levantan como sacadas de mundos de ensueño. Cuando padre e hijo han salido de su mundo de muelles y engranajes para volver a la realidad, dos pares de ojos desiguales, aumentados por la lupa de relojero, te miran amablemente con una sonrisa. De una de esas sonrisas sale un ¿en qué puedo ayudarte? La otra sonrisa vuelve a inclinarse sobre los engranajes, para seguir montando ese puzzle de latón que sólo ellos saben armar y desarmar.

A pesar de estar rodeados de máquinas que señalan el inevitable paso del tiempo, la tienda permanece impasible ante los cambios de su alrededor. Por el local de al lado han pasado una mercería, una ferretería y un bar. Y sin embargo, la relojería luce igual que cuando la acompañaba la mercería.

Hasta donde yo recuerdo, todos los relojes que he tenido, salvo uno, los he comprado allí. Y absolutamente todos, incluido el reloj de cuco de mi abuelo, han pasado por sus manos cuando han necesitado que los arreglaran.

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí: los relojeros del barrio, con su sonrisa y el cartel “abierto, pase sin llamar” colgado en la puerta.

Hoy ese cartel ya no está, y la puerta luce un papel triste, escrito deprisa con pluma: cerrado por defunción. Un par de líneas a pluma, negro sobre blanco, y que te recuerdan que para los relojeros también pasa el tiempo.