Leer es la segunda mejor cosa que podemos hacer en la cama, siendo la tercera dormir.

Leer en la cama es distinto a hacerlo en cualquier otro sitio. Leer sentado es demasiado formal. Leer en el sofá está bien, pero lo haces con la certeza de que tarde o temprano te vas a tener que levantar, para volver a la realidad. Leer en la cama tiene un matiz rotundo, definitivo, que hace que sea mejor que leer en cualquier otro sitio. Y que además tiene unos matices u otros dependiendo del momento del día.

De noche huele a casa y chimenea. A lugar seguro. Ese momento en el que desactivas toda conexión con el mundo exterior y te sumerges en el mundo interior del libro y en el tuyo propio. Sin interrupciones ni notificaciones. Todo lo que rodea a la cama se desdibuja, hasta que lo único que existe es la cama, el libro y el sueño, cada vez más pesado, contra el que luchas para disfrutar de una página más.

Por la mañana, leer en la cama huele a café y tostadas recién hechas. A mañana larga y perezosa. Es un domingo cualquiera, de pijama, manta y novela. De caricias, risas y besos. De historias paralelas a las del libro, contadas entre susurros bajo la sábana. Leer en la cama un domingo por la mañana es un lujo que deberíamos tener más a menudo.