Ha tenido que venir una cuarentena a cambiar la percepción que tenía de algo tan cotidiano como las ventanas. O más bien, me ha hecho ser consciente de que ha cambiado la percepción que tenía sobre ellas, sin saber yo que tenía una percepción propia.

Antes de que empezase todo esto, yo tenía una relación esquiva con las ventanas de mi piso. Vivo en 35 metros cuadrados, cubiertos por una fachada con unas ventanas grandes. Las terrazas de los vecinos están justo enfrente, a una distancia que parece alcanzable por el brazo pero que en realidad no lo es. De noche, cuando la oscuridad reina fuera y enciendo las luces, ven todo lo que pasa dentro. Lo sé porque yo también los veo a ellos. Es una especie de Vida de los Otros, pero donde ambos bandos son conscientes de que hay alguien mirando. Por eso, llegada cierta hora, suelo bajar la persiana hasta el día siguiente.

Hoy me he dado cuenta que, desde que estoy confinado, abro más las ventanas y bajo menos las persianas. Las dejo abiertas después de los aplausos de las ocho, cuando las vecinas salimos al balcón a aplaudir y de paso nos preguntamos qué tal. Las abro también a punto de mañana, con el pelo aún mojado de la ducha y mientras desayuno. Y el otro día me terminé el café apoyado en el alféizar, por sentir algo de aire en la cara y el vecino de enfrente me contaba que es consultor.

Manda narices que haya tenido que venir una pandemia para que conozca a mis vecinos.