Cuentitis

-Doctora, no sé qué me pasa…

-Tranquilícese y dígame qué le sucede.

-Llevo unos días inquieto. Me despierto y ahí está, encima de la mesa, mirándome. No tiene ojos, pero le aseguro que me mira fijamente.

-¿El qué le mira?

-El cuaderno. Está en blanco. Pero no necesito dibujarle unos ojos para saber que me mira.

-Ha probado… ¿a escribir algo?

cropped-podrc3adamos-hacer1.png

-Eso es lo peor. Sé lo que quiero escribir, la historia que quiero contar, pero cuando me siento, cojo el boli y empiezo a sudar. Escribo algo, lo tacho, arranco el folio y al instante aparece otro en el mismo lugar, mirándome con la misma mirada cruel.

-Hmmm, la doctora se reclina pensativa sobre su asiento.

-¿Qué hago?

-Voy a tener que hacerle análisis, pero mucho me temo que lo suyo es una infección cerebral producida por una historia. Vamos, que tiene cuentitis.

Naranja

tumblr_neasc7tUSg1qfmgneo7_540
Nathan Taylor

“En el vestíbulo había doce puertas de roble. Todas eran bonitas, estaban bien cerradas y recubiertas de latón. A lo largo de los años que llevaba en la Subrealidad, Auri había abierto tres de esas puertas.”

Una mancha al final del párrafo desvela las innumerables lecturas que ha sufrido el libro. Compañero de viaje en mil y una ocasiones, este párrafo concreto huele a naranja.

Huele a naranja desde que en una cálida mañana de primavera, la lluvia cazó al distraído lector. Entre línea y línea, el tiempo transcurría plácidamente en una mañana lenta, de las de lectura, sol y terraza. Una taza de café humeaba sobre la mesa, esperando a que su dueño se la llevase a los labios entre gajo y gajo de naranja. Su último sorbo nunca llegó.

Plic. Plic-plic. Las gotas empezaron a caer sobre el café, obligando al lector a meterse apresuradamente el gajo de naranja en la boca y colocar acto seguido el dedo entre las páginas, para no perder su lugar en la historia que estaba leyendo.

Cuando cinco minutos después pudo retomar la lectura se dio cuenta de que había una mancha en el punto en el que la lluvia había interrumpido su lectura.

La misma mancha que hoy hace sonreír a nuestro lector mientras relee el libro acurrucado en la cama, protegido del frío de la nieve que cae inofensiva tras los cristales en una fría mañana de invierno.

La misma mancha lo hace sonreír ensimismado pensando en los buenos ratos que ha pasado acompañado por una buena historia ya llueva, nieve o haga sol.

De rojo

Sandman: The Wake
Sandman: The Wake

Me encanta mi nuevo trabajo. Es como si de repente hubiera encontrado mi lugar en el universo. Y en cierto modo, eso es exactamente lo que ha pasado.

Nunca olvidaré el día que tomé la decisión. Aunque echando la vista atrás, la decisión estaba tomada desde hacía mucho tiempo. En concreto desde el día que compré los zapatos de tacón rojos con el abrigo a juego. Lo dejé todo escondido, para que no se descubriese la sorpresa antes de tiempo. Llevaba demasiado tiempo preparando el regalo como para que se destapara todo en el último minuto.

Al fin llegó el momento adecuado. El día anterior había sido horrible, uno de los peores. De forma que, cuando desperté esa mañana, supe que había llegado la hora. Hoy era el día en que todo terminaba: las palizas, las humillaciones, los muros de silencio, los gritos que nadie parece escuchar…

En cuanto mi marido salió por la puerta de casa, me dirigí a la bañera, abrí el grifo y dejé que el agua fluyera tranquilamente, acariciando mi piel a la temperatura perfecta. Si iba a comenzar una nueva etapa, ¿qué mejor forma que hacerlo que con un baño?

Al terminar, salí de la bañera y me envolví con el albornoz. Me puse el vestido, me calcé mis nuevos zapatos favoritos y me puse el abrigo mientras sonreía para mi misma frente al espejo. Tras tomar las pastillas, dejé la carta sobre la mesilla de noche y esperé a la oscuridad. Hoy acababa todo. Hoy empezaba todo.

No era la primera persona que lo hacía. Ni sería la última. Cuando era pequeña mi abuela solía contarme la historia del espíritu de la hermana de su madre, que había perseguido durante años a su antiguo marido para hacerle pagar por nueve años de infierno disfrazado de matrimonio. Así que el mérito de la idea no era mío. Sólo continuaba una tradición familiar.

Esta historia corta se basa en una creencia china de que si alguien muere o es enterrado con ropa roja, vuelve en forma de fantasma.

Doña Marta

Eran una pareja llamativa. Ella, alta, delgada y altiva. Él, bajito, regordete y bonachón. En las reuniones de vecinos siempre llamaban la atención.

Él, porque lo conocíamos todos: se quedaba a hablar con los vecinos en las escaleras. Somos un bloque numeroso, de más de 50 casas, y sin embargo siempre se acordaba de algún detalle de tu vida: si estudiabas o no, en qué trabajabas y si estabas enfermo siempre te preguntaba qué tal.

Ella, porque a pesar de mirar el mundo por encima del hombro con gesto reprobador, le cambiaba la cara cuando hablaba con su marido. Como si la máscara de dureza que se había construido se le cayese al suelo al hablar con su pareja. Como si le diera vergüenza mostrar cariño abiertamente, pero no se pudiera resistir.

Hace casi un año que él ya no está. Se acabaron las conversaciones en la escalera, los buenos deseos y el saludo cordial. Murió de un infarto súbito, dejando a su mujer sola contra el mundo.

Un año después, ya no queda casi nada de lo que un día fue. Apenada y triste, su máscara hace tiempo que se perdió, como también gran parte de sus recuerdos. Apareció el Alzheimer y con él una cuidadora que la trata con cariño evidente y salen a pasear todos los días.

El otro día nos encontramos en el recibidor y se me quedó mirando sonriente, saboreando alguna broma interna que sólo ella conoce.

“Me llamo Marta.”, confesó en un susurro, “Como la piel de mi abrigo”.

Esto es magia

Habéis visto ilusionismo, pases de mano y desapariciones. Pero magia es que durante 5 minutos os habéis olvidado de vuestros problemas.

La magia es a veces una puerta que te transporta años atrás, que se abre cuando escuchas a Miguel Ángel Gea decir esa frase en el Sótano Mágico y es capaz de llevarte hasta tu yo de hace 15 años, sentado delante de una mesa ante tu abuela y una baraja.

Vivir puerta con puerta con tu abuela tiene una ventaja: cuando pillabas un berrinche, con salir de tu casa y llamar a la puerta de enfrente era suficiente. Podías refugiarte en un sitio acogedor, donde siempre había una historia para ti.

-Siéntate, que te voy a hacer un truco de magia.

Acto seguido mi abuela dejaba lo que estuviera haciendo, se sentaba en la mesa con tapete, sacaba una baraja y la dejaba tranquilamente reposando en el borde, sin abrir. Era entonces cuando comenzaba la historia. Daba igual cuál: piratas, las mil y una noches, inventos que parecían sacados de la mente de Verne, los cómics de Tintin…

En cinco minutos se me había pasado el berrinche y estaba metido por completo en otro mundo, hasta que terminaba el cuento.

-Yaya, ¿y el truco de magia?

-La magia es que en cinco minutos has dejado de estar triste.

Y nunca abrió la baraja.

Nocturnos

“… el nocturno en C# menor de Chopin.”

Ahí está de nuevo. El silencio tras el aplauso. La espera. Andar nerviosamente los 15 pasos que te separan del piano para saludar al auditorio con un ligero movimiento de cabeza, mientras los miras sin verlos realmente.

El auditorio te mira a su vez. Expectantes unos, aburridos otros; durante el escaso minuto y medio que separa la presentación de tu actuación, por sus cabezas pasan múltiples pensamientos: qué hora será, no creo que supere al anterior, tengo que ir a comprar naranjas al salir, que me he quedado sin…

En tu cabeza también hay pensamientos, pero son automáticos. Los has tenido mil veces antes y los tendrás mil veces después: tengo que ajustar la altura del taburete, colocar bien la espalda, tomar un respiro y… empezar a tocar.

De nuevo un silencio, diferente al anterior. Un silencio tenso, que empezó en cuanto te sentaste y que espera algo. Espera al sonido que sale del piano cuando tus manos rozan las teclas. La tensión se disuelve en el aire cuando terminas los primeros compases.

Apenas 10 segundos tocando y ya notas el alivio en el público. La música los apacigua, los tranquiliza, mientras tú te dejas llevar por tus manos a tu refugio. Ese sitio en el que tu cuerpo y tus manos están en el presente, tocando la pieza, y tu mente está lejos de allí, dejando que sea tu cuerpo el que saque la música.

Dos chatos de tinto y una caña para el zagal

76 años, unos músculos prietos como sarmientos de viña y piel tostada allí donde no la cubre el maillot. Capaz de pedalear 90 kilómetros y bajar del sillín sin que le tiemblen las piernas, ese es Miguel. Conocido por todos los del pueblo desde que era un chaval que soñaba con ser como Bahamontes, ahora lo acompaño en sus salidas cuando estoy en el pueblo.

Bahamontes

Su esposa Nati solía salir con la bici, hasta que la operaron de la cadera. Ahora se queda en casa, esperando a que volvamos para acompañarnos al bar y echar el vermut, que paga quien llega el último. Siempre pago con gusto ese vermut.

“¿Qué os pongo?” pregunta el camarero detrás de la barra. “Dos chatos de tinto y una caña para el zagal.” Incluso cuando tenga 40 años, para Miguel seguiré siendo el zagal. Y seguirá renegando de mi porque no me guste el vino.

-¿Te ha dejado muy cansado el vejestorio este? Nati siempre sonríe cuando me pregunta eso al volver.

-De vejestorio nada, que bien que lo dejo atrás.

-Y yo te dejaba atrás a ti, cariño, cuando salíamos juntos.

-La dejaba ir delante para verle el culo, me susurra Miguel con un guiño.

-Muy buena vista debías de tener tú para verlo de tan lejos. Nati le coge la mano a Miguel con cariño. Os juro que cuando sea mayor quiero ser así.

-Mujer, por eso empecé a llevar gafas.

Después de estar un rato riéndonos y poniéndonos al día (qué hacen sus hijos, donde están sus nietos, qué tal mi familia…), surge la pregunta de todos los veranos:

-¿Y al año que viene dónde vas a estar?

-En Barcelona, estudiando mientras trabajo.

-Bien hecho. Tú lee y viaja, que para quedarte quieto en un sitio ya tendrás tiempo.

Leer y viajar. No parece un mal plan. A ellos no les ha ido mal.