#DeseoCientífico2017: Raras, pero no invisibles

Desde la Universidad de Burgos han organizado la campaña #DeseoCientífico2017 para pidamos lo que queremos en la ciencia del futuro.

En mi caso, me gustaría que aumentase la financiación en la investigación de las enfermedades raras. Hace poco salió a la luz el caso Nadia. No dejemos que esto se traduzca en menos inversión (ya escasa de por sí) en la investigación de estas enfermedades. Por que son enfermedades raras, pero no invisibles.

La relojería

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí. Padre e hijo, inclinados sobre un tapete verde donde lucen desperdigados unos engranajes de latón que han dejado de marcar el tiempo.

Relojería
Fuente: Couleur

Absortos en su trabajo, solamente levantan la vista cuando suenan las campanillas que señalan la llegada de un cliente. El ritual es siempre el mismo: dos primeros segundos de estupor, en los que las dos cabezas —una calva, la otra en proceso— se levantan como sacadas de mundos de ensueño. Cuando padre e hijo han salido de su mundo de muelles y engranajes para volver a la realidad, dos pares de ojos desiguales, aumentados por la lupa de relojero, te miran amablemente con una sonrisa. De una de esas sonrisas sale un ¿en qué puedo ayudarte? La otra sonrisa vuelve a inclinarse sobre los engranajes, para seguir montando ese puzzle de latón que sólo ellos saben armar y desarmar.

A pesar de estar rodeados de máquinas que señalan el inevitable paso del tiempo, la tienda permanece impasible ante los cambios de su alrededor. Por el local de al lado han pasado una mercería, una ferretería y un bar. Y sin embargo, la relojería luce igual que cuando la acompañaba la mercería.

Hasta donde yo recuerdo, todos los relojes que he tenido, salvo uno, los he comprado allí. Y absolutamente todos, incluido el reloj de cuco de mi abuelo, han pasado por sus manos cuando han necesitado que los arreglaran.

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí: los relojeros del barrio, con su sonrisa y el cartel “abierto, pase sin llamar” colgado en la puerta.

Hoy ese cartel ya no está, y la puerta luce un papel triste, escrito deprisa con pluma: cerrado por defunción. Un par de líneas a pluma, negro sobre blanco, y que te recuerdan que para los relojeros también pasa el tiempo.

¿Quién le zurcía los calcetines al rey de Prusia mientras estaba en la guerra? (En El BuscaLibros)

Hay heroínas sin capa, que realizan proezas cada día. Este es un cómic dedicado a una de ellas.

Muchas veces se asocia el mundo de las viñetas y bocadillos con mundos de fantasía, poblados de superhéroes. En la vida real, sin embargo, hay vidas que rara vez aparecen retratadas en los libros, en los cómics y en el cine. Son vidas cotidianas, de personas cercanas, vecinos, familiares. Vidas con sus pequeñas miserias y sus grandes alegrías. Sigue leyendo en El BuscaLibros.

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Me hace mucha ilusión poder empezar a colaborar con El BuscaLibros, por muchas razones. La primera es que me gusta hablar de libros, y ellos lo hacen maravillosamente. La segunda es que me gusta que me recomienden libros y cada uno de los colaboradores se toma su tiempo para hacer una pequeña carta de presentación de los libros que le han gustado (o que ha odiado, que para todo hay cabida).

Y la tercera es una razón egoísta. Hacer reseñas de libros te obliga a leerlos distinto, con más atención y en mayor profundidad. Te obliga a analizarlos, a enfrentarte al libro y a ti mismo. Y eso siempre es bueno.

Mujeres. Afghanistán (Exposición)

Un museo es un sitio al que vamos a sentir, como si fuera una burbuja gigante cuyas paredes podemos atravesar sin que se rompan. Atrás quedan los pitidos de los coches, el olor a tubo de escape y las prisas. Dentro están el espacio y tiempo adecuados, donde pararte a pensar sobre lo que alguien quiere hacerte sentir. En este caso, una exposición sobre la vida de las mujeres en Afghanistán, con fotografías de Gervasio Sánchez e historias contadas por Mónica Bernabé.

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Exposición Mujeres. Afghanistán, de Gervasio Sánchez y Mónica Bernabé.

Una mirada es suficiente para hacerte sentir. Una mirada que te mira desde otro país a través de esa ventana abierta que es el marco de una fotografía. Una ventana abierta que te permite conocer una situación que jamás hubieras imaginado.

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Exposición Mujeres. Afghanistán, de Gervasio Sánchez y Mónica Bernabé.

Una sola mirada no es suficiente para hacerte comprender. En las dos salas que abarca la exposición hay una pequeña colección de miradas, cada una con su propia historia. Cada historia, una faceta de la situación que viven diariamente millones de personas. Situaciones tristes y alegres, de desgracias y dolores, pero también de luchas y pequeñas victorias.

Al final sales de la sala callado, arrastrando los pies, pensando en la suerte que has tenido de nacer donde has nacido. En cómo narices podrías ayudar a mejorar algo de lo que has visto (apoyar a Humans Rights Watch, Médicos sin Fronteras o RAWA es un buen comienzo). Y al atravesar las paredes de la burbuja-museo llegan los sonidos de los chavales jugando al fútbol en la plaza, devolviéndote a la realidad más cercana. Haciéndote sentir afortunado.

Está muy bien esto que hacéis

Ayer empezó Pint of Science y yo ya estoy reventado. De nervios, de ilusión y de incertidumbre. Del vértigo que da no saber cuánta gente va a haber entre semana para escuchar hablar de ciencia en un bar. Pero esa no es la historia que os quiero contar.

Ayer, después de apagar los micros y encender las cervezas del Sótano Mágico, se me acercó un señor a hablar. Unos 70 años a primera vista, confirmados en la conversación de después, enjuto y con una sonrisa: Majo, muchas gracias por las charlas. Al preguntarle si le habían gustado, me contó su historia reciente. Había comenzado a leer cosicas de ciencia cuando se jubiló hace unos años. Y como le pillábamos al lado de casa se había bajado al bar a escucharnos y oye, se había enterado de cosas y todo. Que está muy bien esto que hacéis.

Luego nos despedimos, él se fue para casa, “que ya no son horas”, y yo me quedé recogiendo los bártulos. Más adelante ya llegarán los análisis  del público que vino a las charlas. Si lo que hemos hecho ha sido llevar la ciencia al bar o el bar a la ciencia. Pero por el momento, a mi me vale con un “está muy bien esto que hacéis” dicho con una sonrisa.

En la cama se lee mejor

Leer es la segunda mejor cosa que puede hacerse en la cama, siendo la tercera dormir.

Leer en la cama es distinto a hacerlo en cualquier otro sitio. Leer sentado es demasiado formal. Leer en el sofá está bien, pero lo haces con la certeza de que tarde o temprano te vas a tener que levantar, para volver a la realidad. Leer en la cama tiene un matiz rotundo, definitivo, que hace que sea mejor que leer en cualquier otro sitio. Y que además tiene unos matices u otros dependiendo del momento del día.

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Unplash

De noche huele a casa y chimenea. A lugar seguro. Ese momento en el que desactivas toda conexión con el mundo exterior y te sumerges en el mundo interior del libro y en el tuyo propio. Sin interrupciones ni notificaciones. Todo lo que rodea a la cama se desdibuja, hasta que lo único que existe es la cama, el libro y el sueño, cada vez más pesado, contra el que luchas para disfrutar de una página más.

Por la mañana, leer en la cama huele a café y tostadas recién hechas. A mañana larga y perezosa. Es un domingo cualquiera, de pijama, manta y novela. De caricias, risas y besos. De historias paralelas a las del libro, contadas entre susurros bajo la sábana. Leer en la cama un domingo por la mañana es un lujo que deberíamos tener más a menudo.

Esto es un post de autoayuda

Este post no es para ti, lector. Ni siquiera es para mi. O al menos, no para mi yo presente. Este artículo está dirigido a mi yo del futuro, porque sé que necesitará leerlo. Es un post de autoayuda en el sentido más puro de la palabra: soy yo ayudándome a mi mismo.

Acabo de dejar el trabajo. No me siento mal por ello. Me siento bien, como un capitán de barco que vuelve a coger el timón después de haberse mareado y vomitado por la borda.

Sin embargo, me conozco. Soy inseguro y los miedos me asaltan fácilmente. Por eso quiero dejar esta lista de cosas por escrito, para ayudarme a recordarlas. Como un post-it virtual al que recurrir cuando el síndrome del impostor vuelva a llamar a la puerta. Una lista de cosas de las que estoy orgulloso y de las que me he dado cuenta en estos meses de trabajo:

  • Eres organizado. Ya sé que te parece que no lo eres, pero créeme: lo eres. Te marcas plazos para hacer las cosas. Y las haces en esos plazos.
  • Te paras a pensar antes de actuar. Parece evidente, pero no todo el mundo lo hace. Lo has comprobado y, lo que es peor, lo has sufrido en tus propias carnes: compañeros de trabajo que se lanzan al monte sin plantearse cómo lo va a escalar y a mitad de subida se dan cuenta de que se han dejado los crampones en casa. No eres perfecto planeando las cosas pero al menos trazas un plan de actuación antes de hacer nada. Ayuda a prevenir muchos problemas y lo que es mejor: te quita muchísimo estrés.
  • No te da miedo preguntar. Ni admitir que no tienes ni puta idea. Hay un montón de cosas que no sabes, pero sin embargo tienes claro que pretender que las sabes es perder el tiempo con postureos inútiles. Si no lo sabes hacer, pregunta a alguien que sepa hacerlo.
  • Relacionado con lo anterior: Sabes. Usar. Google. Mucha gente, no. Si no sabes algo, o no sabes quién podría saberlo, abres una pestaña nueva en el navegador y le preguntas a San Google. Acotas tu ignorancia: así al menos sabes con mayor o menor incertidumbre cuán grande es. Sí, tu ignorancia es enorme. Como la del resto de la gente. Pero muchos de ellos no saben cómo preguntar a Google. Y a la gran mayoría de las personas ni se les ocurre abrir una pestaña nueva en el navegador.
  • Buen trabajo y gracias. Cuesta poco decir esas dos frases y no sé por qué la gente no las dice más a menudo. Agradece a aquellos que te han ayudado o han intentado ayudarte. Ser amable cuesta poco y te ha traído más alegrías que tristezas.

Ah, y sé amable, pero no tonto.

Cocina contra el mal humor

Chop chop chop… El cuchillo suena repetidamente contra la tabla de madera, dejando finas rodajas de pimiento a su paso.

Córtalo fino, que si no luego tarda un montón en hacerse.

Casi puedo oír la voz de mis padres sonando en la cocina, aunque estén a  100 kilómetros de distancia. Crecer en una casa en la que cocinar es poco menos que un ritual familiar tiene sus ventajas: te quedas con un montón de recuerdos felices, un pequeño puñado de trucos de cocina y un hobby para toda la vida.

Hay gente que para relajarse o bajar la ansiedad corre, medita, lee o grita. 22 años de costumbres culinarias (a los 3 años ya me dejaban ayudar en la cocina haciendo cosas sencillas) han hecho que mi espacio seguro sea la cocina. Cualquier cocina. Un sitio en el que estar a mis anchas y en el que solo existimos yo, los ingredientes y una receta. Un sitio en el que no hay sorpresas y todo es como un baile bien ensayado, como un experimento de química 500 veces repetido.

Da igual que sea al horno o a la plancha. En papillot o a la sal. Lo importante son esos 30, 60, 90 minutos que pasas preparando algo que después vas a disfrutar y compartir con alguien más (si tienes invitados). Ese tiempo en el que el mundo desaparece salvo por el chop chop del cuchillo contra la tabla y el olor de la comida preparándose.

Podríamos hacer…

Podríamos hacer…

Hay frases que me dan un miedo instintivo. Y si la frase empieza con podríamos hacer… y encima la escucho en ámbito laboral, me echo a temblar. Es automático, no lo puedo evitar.

Podríamos hacer

Yo antes no era así, este miedo instintivo nace a raíz de experiencias laborales, propias y ajenas. El trabajo: ese ambiente lleno de personas maravillosas… y otras menos maravillosas. Es esa gente menos maravillosa la que suele empezar las frases con podríamos hacer… y termina la frase añadiendo sólo una palabra. “Podríamos hacer gamusinos, dice el susodicho, para acto seguido quedarse mirando a los compañeros, sonriente, expectante, como si con esa palabra (gamusinos) ya hubiera explicado toda la idea, su desarrollo y el reparto de tareas correspondiente. Como si todos pudiéramos leerle la mente.

Por supuesto, si en ese momento mirásemos en el interior de la mente del personaje, no podríamos encontrar ni la idea, ni su desarrollo y mucho menos un esquema previo con el trabajo que habría que llevar a cabo para que su ocurrencia funcionase. Lo más probable es que encontrásemos un mono con platillos.

Pero él es feliz: ha quedado bien delante del jefe, ha dicho una frase misteriosa y ha dejado encima de la mesa un enorme plato de mierda que, si es del agrado del jefe, os vais a tener que comer entre todos.

Porque aquí llega lo mejor de todo. La primera persona del plural del condicional simple de indicativo (podríamos hacer) se convierte, por arte de magia, en segunda persona (podríais hacer) tan pronto como se decida que se va a hacer algo. Y muy pronto la alquimia lingüística hará que de condicional se pasé a imperativo: haced.

Terminará la reunión y el plato de mierda seguirá encima de la mesa. Alguien, normalmente el que ha sugerido la idea, repartirá cubiertos a todos los presentes, mientras sale por la puerta y deja una idea de mierda encima de la mesa, que a vosotros os tocará digerir y dar forma, mientras él se toma un carajillo en la cafetería.

No hay nada peor que un jefe que no sabe valorar el trabajo que implican algunas ideas.

No seas un gilipollas

¡Fium! Otro más que te adelanta a 40 por hora en una calle de 30 mientras tú vas en bici. Pero esta vez frena en seco a cinco metros de ti porque hay un paso de cebra y lo siguiente que ves es el rojo de sus luces de freno acercándose a tu cara.

Es lo que me ha pasado esta mañana. Suerte que llevaba el casco y se ha llevado la mayor parte del golpe. No me quiero imaginar lo que hubiera ocurrido de no llevarlo y aterrizar de cara en el maletero de un coche, pasando de 17 a 0 en un segundo.

Por eso, tanto si vas en bici como si no, si conduces o no, quiero pedirte un favor: no seas un gilipollas. O al menos no seas ese gilipollas. Ese que va a más de 30 en las vías pacificadas (total, para ganar unos segundos), o ese otro que no señaliza las maniobras o cambia de carril sin mirar por los retrovisores; o el clásico gilipollas que adelanta bicis rozándolas porque no hay espacio (pues esperas un puto minuto a que lo haya, pero no me pongas en peligro por tus prisas).

Porque después, como ha pasado también hoy, cuando salgas del coche y se te pase la gilipollez que parece que se te mete al coger el volante entre las manos, no quiero que tengas que llamar con miedo al chaval que se ha comido tu maletero esta mañana para ver si está bien.

Hoy ha sido un susto. Un poco de dolor, aturdimiento y mala leche. Y una hinchazón en la cara de la que nos reiremos con mis amigos cuando quedemos a tomar algo este fin de semana. Pero otro día podría no ser así. Así que por favor, no seas un gilipollas.