Cocina contra el mal humor

Chop chop chop… El cuchillo suena repetidamente contra la tabla de madera, dejando finas rodajas de pimiento a su paso.

Córtalo fino, que si no luego tarda un montón en hacerse.

Casi puedo oír la voz de mis padres sonando en la cocina, aunque estén a  100 kilómetros de distancia. Crecer en una casa en la que cocinar es poco menos que un ritual familiar tiene sus ventajas: te quedas con un montón de recuerdos felices, un pequeño puñado de trucos de cocina y un hobby para toda la vida.

Hay gente que para relajarse o bajar la ansiedad corre, medita, lee o grita. 22 años de costumbres culinarias (a los 3 años ya me dejaban ayudar en la cocina haciendo cosas sencillas) han hecho que mi espacio seguro sea la cocina. Cualquier cocina. Un sitio en el que estar a mis anchas y en el que solo existimos yo, los ingredientes y una receta. Un sitio en el que no hay sorpresas y todo es como un baile bien ensayado, como un experimento de química 500 veces repetido.

Da igual que sea al horno o a la plancha. En papillot o a la sal. Lo importante son esos 30, 60, 90 minutos que pasas preparando algo que después vas a disfrutar y compartir con alguien más (si tienes invitados). Ese tiempo en el que el mundo desaparece salvo por el chop chop del cuchillo contra la tabla y el olor de la comida preparándose.

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