Doña Marta

Eran una pareja llamativa. Ella, alta, delgada y altiva. Él, bajito, regordete y bonachón. En las reuniones de vecinos siempre llamaban la atención.

Él, porque lo conocíamos todos: se quedaba a hablar con los vecinos en las escaleras. Somos un bloque numeroso, de más de 50 casas, y sin embargo siempre se acordaba de algún detalle de tu vida: si estudiabas o no, en qué trabajabas y si estabas enfermo siempre te preguntaba qué tal.

Ella, porque a pesar de mirar el mundo por encima del hombro con gesto reprobador, le cambiaba la cara cuando hablaba con su marido. Como si la máscara de dureza que se había construido se le cayese al suelo al hablar con su pareja. Como si le diera vergüenza mostrar cariño abiertamente, pero no se pudiera resistir.

Hace casi un año que él ya no está. Se acabaron las conversaciones en la escalera, los buenos deseos y el saludo cordial. Murió de un infarto súbito, dejando a su mujer sola contra el mundo.

Un año después, ya no queda casi nada de lo que un día fue. Apenada y triste, su máscara hace tiempo que se perdió, como también gran parte de sus recuerdos. Apareció el Alzheimer y con él una cuidadora que la trata con cariño evidente y salen a pasear todos los días.

El otro día nos encontramos en el recibidor y se me quedó mirando sonriente, saboreando alguna broma interna que sólo ella conoce.

“Me llamo Marta.”, confesó en un susurro, “Como la piel de mi abrigo”.

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