Dos chatos de tinto y una caña para el zagal

76 años, unos músculos prietos como sarmientos de viña y piel tostada allí donde no la cubre el maillot. Capaz de pedalear 90 kilómetros y bajar del sillín sin que le tiemblen las piernas, ese es Miguel. Conocido por todos los del pueblo desde que era un chaval que soñaba con ser como Bahamontes, ahora lo acompaño en sus salidas cuando estoy en el pueblo.

Bahamontes

Su esposa Nati solía salir con la bici, hasta que la operaron de la cadera. Ahora se queda en casa, esperando a que volvamos para acompañarnos al bar y echar el vermut, que paga quien llega el último. Siempre pago con gusto ese vermut.

“¿Qué os pongo?” pregunta el camarero detrás de la barra. “Dos chatos de tinto y una caña para el zagal.” Incluso cuando tenga 40 años, para Miguel seguiré siendo el zagal. Y seguirá renegando de mi porque no me guste el vino.

-¿Te ha dejado muy cansado el vejestorio este? Nati siempre sonríe cuando me pregunta eso al volver.

-De vejestorio nada, que bien que lo dejo atrás.

-Y yo te dejaba atrás a ti, cariño, cuando salíamos juntos.

-La dejaba ir delante para verle el culo, me susurra Miguel con un guiño.

-Muy buena vista debías de tener tú para verlo de tan lejos. Nati le coge la mano a Miguel con cariño. Os juro que cuando sea mayor quiero ser así.

-Mujer, por eso empecé a llevar gafas.

Después de estar un rato riéndonos y poniéndonos al día (qué hacen sus hijos, donde están sus nietos, qué tal mi familia…), surge la pregunta de todos los veranos:

-¿Y al año que viene dónde vas a estar?

-En Barcelona, estudiando mientras trabajo.

-Bien hecho. Tú lee y viaja, que para quedarte quieto en un sitio ya tendrás tiempo.

Leer y viajar. No parece un mal plan. A ellos no les ha ido mal.

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