La relojería

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí. Padre e hijo, inclinados sobre un tapete verde donde lucen desperdigados unos engranajes de latón que han dejado de marcar el tiempo.

Relojería
Fuente: Couleur

Absortos en su trabajo, solamente levantan la vista cuando suenan las campanillas que señalan la llegada de un cliente. El ritual es siempre el mismo: dos primeros segundos de estupor, en los que las dos cabezas —una calva, la otra en proceso— se levantan como sacadas de mundos de ensueño. Cuando padre e hijo han salido de su mundo de muelles y engranajes para volver a la realidad, dos pares de ojos desiguales, aumentados por la lupa de relojero, te miran amablemente con una sonrisa. De una de esas sonrisas sale un ¿en qué puedo ayudarte? La otra sonrisa vuelve a inclinarse sobre los engranajes, para seguir montando ese puzzle de latón que sólo ellos saben armar y desarmar.

A pesar de estar rodeados de máquinas que señalan el inevitable paso del tiempo, la tienda permanece impasible ante los cambios de su alrededor. Por el local de al lado han pasado una mercería, una ferretería y un bar. Y sin embargo, la relojería luce igual que cuando la acompañaba la mercería.

Hasta donde yo recuerdo, todos los relojes que he tenido, salvo uno, los he comprado allí. Y absolutamente todos, incluido el reloj de cuco de mi abuelo, han pasado por sus manos cuando han necesitado que los arreglaran.

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí: los relojeros del barrio, con su sonrisa y el cartel “abierto, pase sin llamar” colgado en la puerta.

Hoy ese cartel ya no está, y la puerta luce un papel triste, escrito deprisa con pluma: cerrado por defunción. Un par de líneas a pluma, negro sobre blanco, y que te recuerdan que para los relojeros también pasa el tiempo.

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