Podríamos hacer…

Podríamos hacer…

Hay frases que me dan un miedo instintivo. Y si la frase empieza con podríamos hacer… y encima la escucho en ámbito laboral, me echo a temblar. Es automático, no lo puedo evitar.

Podríamos hacer

Yo antes no era así, este miedo instintivo nace a raíz de experiencias laborales, propias y ajenas. El trabajo: ese ambiente lleno de personas maravillosas… y otras menos maravillosas. Es esa gente menos maravillosa la que suele empezar las frases con podríamos hacer… y termina la frase añadiendo sólo una palabra. “Podríamos hacer gamusinos, dice el susodicho, para acto seguido quedarse mirando a los compañeros, sonriente, expectante, como si con esa palabra (gamusinos) ya hubiera explicado toda la idea, su desarrollo y el reparto de tareas correspondiente. Como si todos pudiéramos leerle la mente.

Por supuesto, si en ese momento mirásemos en el interior de la mente del personaje, no podríamos encontrar ni la idea, ni su desarrollo y mucho menos un esquema previo con el trabajo que habría que llevar a cabo para que su ocurrencia funcionase. Lo más probable es que encontrásemos un mono con platillos.

Pero él es feliz: ha quedado bien delante del jefe, ha dicho una frase misteriosa y ha dejado encima de la mesa un enorme plato de mierda que, si es del agrado del jefe, os vais a tener que comer entre todos.

Porque aquí llega lo mejor de todo. La primera persona del plural del condicional simple de indicativo (podríamos hacer) se convierte, por arte de magia, en segunda persona (podríais hacer) tan pronto como se decida que se va a hacer algo. Y muy pronto la alquimia lingüística hará que de condicional se pasé a imperativo: haced.

Terminará la reunión y el plato de mierda seguirá encima de la mesa. Alguien, normalmente el que ha sugerido la idea, repartirá cubiertos a todos los presentes, mientras sale por la puerta y deja una idea de mierda encima de la mesa, que a vosotros os tocará digerir y dar forma, mientras él se toma un carajillo en la cafetería.

No hay nada peor que un jefe que no sabe valorar el trabajo que implican algunas ideas.

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