Ruido

Olfato y oído son dos sentidos que no podemos cerrar a voluntad. Si quiero no ver, basta con cerrar los ojos. Si quiero no sentir, basta con no tocar nada. Si quiero no saborear, basta con no lamer (aún tengo pendiente resolver el misterio de a qué sabe mi propia lengua). Sin embargo, no puedo cerrar los oídos ni dejar de oler completamente.

Para quienes somos sensibles a los ruidos, esas pequeñas invasiones cotidianas son la norma en nuestra vida.

Ese ligero zumbido de un transformador que para ti pasa desapercibido, a mi me supone la diferencia entre dormir y no dormir. Esa música más alta de lo normal que a ti te llena y te permite estar a gusto en un bar, a mi se me mete hasta el último nervio, hace que me cierre sobre mi mismo y no pueda estar cómodo en un grupo en el que intentamos conversar.

El silencio es preciado y lo despreciamos y desperdiciamos despreocupadamente.

Fuente: stardeht
Fuente: stardeht

No es casualidad que uno de mis sitios favoritos cuando era un niño fuera la biblioteca. Para alguien que necesita el silencio para pensar con claridad, las bibliotecas son un remanso donde zambullirse y refugiarse del río de ruido que es el resto del mundo. Donde podía encontrar a otros niños y descubrirnos historias el uno al otro. Donde no me entraba ansiedad ni enfado repentino porque mi cadena de pensamientos se había roto al irrumpir un ruido repentino.

A medida que creces descubres que no estás solo, que hay más gente como tú. Ese chaval tímido que siempre se sienta al fondo de clase y que muchos consideran el rarito. Esa chica que apodan la borde porque habla poco. Y la de la tercera fila que se pasa el día dibujando en el borde del cuaderno a escondidas del profesor. Gente silenciosa con las mentes más ruidosas.

Somos pocos, sí. Y armamos poco ruido, es verdad. Pero si escuchas con atención, nos encontrarás.

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