La relojería

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí. Padre e hijo, inclinados sobre un tapete verde donde lucen desperdigados unos engranajes de latón que han dejado de marcar el tiempo.

Relojería
Fuente: Couleur

Absortos en su trabajo, solamente levantan la vista cuando suenan las campanillas que señalan la llegada de un cliente. El ritual es siempre el mismo: dos primeros segundos de estupor, en los que las dos cabezas —una calva, la otra en proceso— se levantan como sacadas de mundos de ensueño. Cuando padre e hijo han salido de su mundo de muelles y engranajes para volver a la realidad, dos pares de ojos desiguales, aumentados por la lupa de relojero, te miran amablemente con una sonrisa. De una de esas sonrisas sale un ¿en qué puedo ayudarte? La otra sonrisa vuelve a inclinarse sobre los engranajes, para seguir montando ese puzzle de latón que sólo ellos saben armar y desarmar.

A pesar de estar rodeados de máquinas que señalan el inevitable paso del tiempo, la tienda permanece impasible ante los cambios de su alrededor. Por el local de al lado han pasado una mercería, una ferretería y un bar. Y sin embargo, la relojería luce igual que cuando la acompañaba la mercería.

Hasta donde yo recuerdo, todos los relojes que he tenido, salvo uno, los he comprado allí. Y absolutamente todos, incluido el reloj de cuco de mi abuelo, han pasado por sus manos cuando han necesitado que los arreglaran.

Hasta donde yo recuerdo, siempre han estado ahí: los relojeros del barrio, con su sonrisa y el cartel “abierto, pase sin llamar” colgado en la puerta.

Hoy ese cartel ya no está, y la puerta luce un papel triste, escrito deprisa con pluma: cerrado por defunción. Un par de líneas a pluma, negro sobre blanco, y que te recuerdan que para los relojeros también pasa el tiempo.

Cuentitis

-Doctora, no sé qué me pasa…

-Tranquilícese y dígame qué le sucede.

-Llevo unos días inquieto. Me despierto y ahí está, encima de la mesa, mirándome. No tiene ojos, pero le aseguro que me mira fijamente.

-¿El qué le mira?

-El cuaderno. Está en blanco. Pero no necesito dibujarle unos ojos para saber que me mira.

-Ha probado… ¿a escribir algo?

cropped-podrc3adamos-hacer1.png

-Eso es lo peor. Sé lo que quiero escribir, la historia que quiero contar, pero cuando me siento, cojo el boli y empiezo a sudar. Escribo algo, lo tacho, arranco el folio y al instante aparece otro en el mismo lugar, mirándome con la misma mirada cruel.

-Hmmm, la doctora se reclina pensativa sobre su asiento.

-¿Qué hago?

-Voy a tener que hacerle análisis, pero mucho me temo que lo suyo es una infección cerebral producida por una historia. Vamos, que tiene cuentitis.

Esto es magia

Habéis visto ilusionismo, pases de mano y desapariciones. Pero magia es que durante 5 minutos os habéis olvidado de vuestros problemas.

La magia es a veces una puerta que te transporta años atrás, que se abre cuando escuchas a Miguel Ángel Gea decir esa frase en el Sótano Mágico y es capaz de llevarte hasta tu yo de hace 15 años, sentado delante de una mesa ante tu abuela y una baraja.

Vivir puerta con puerta con tu abuela tiene una ventaja: cuando pillabas un berrinche, con salir de tu casa y llamar a la puerta de enfrente era suficiente. Podías refugiarte en un sitio acogedor, donde siempre había una historia para ti.

-Siéntate, que te voy a hacer un truco de magia.

Acto seguido mi abuela dejaba lo que estuviera haciendo, se sentaba en la mesa con tapete, sacaba una baraja y la dejaba tranquilamente reposando en el borde, sin abrir. Era entonces cuando comenzaba la historia. Daba igual cuál: piratas, las mil y una noches, inventos que parecían sacados de la mente de Verne, los cómics de Tintin…

En cinco minutos se me había pasado el berrinche y estaba metido por completo en otro mundo, hasta que terminaba el cuento.

-Yaya, ¿y el truco de magia?

-La magia es que en cinco minutos has dejado de estar triste.

Y nunca abrió la baraja.